Entre pilas de libros que crujen y olor a papel envejecido, una librería de viejo puede ser un pasaje al pasado. En La Plata, todavía quedan varios de estos rincones donde el tiempo parece haberse detenido y donde cada ejemplar tiene una historia que contar.

Don Carlos, dueño de una librería en calle 57 desde hace más de 40 años, recuerda con precisión cada libro que vendió y cada cliente que se llevó una joya sin saberlo.

«Acá hay primeras ediciones que valen más por lo que hicieron sentir que por lo que cuestan», dice.

Entre los estantes se mezclan manuales escolares de los años 50, novelas subrayadas por estudiantes de Letras, biblias con dedicatorias de bautismo. Los libros no solo se leen: se heredan, se buscan, se encuentran.

La librería de viejo es también un espacio de charla y descubrimiento. Muchos llegan buscando un título puntual y se van con otro. Otros solo entran a mirar, a dejarse llevar por los lomos gastados que asoman como pistas de un tesoro.

En un mundo de ebooks y lecturas fugaces, estos espacios son resistencia en papel. Y cada vez que alguien sopla el polvo de un libro olvidado, se reactiva una historia que estaba esperando ser contada.

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