En el relato fundacional de la Argentina, La Plata ocupa un lugar tan estratégico como muchas veces olvidado. Pocas ciudades del país condensan, en su nacimiento y proyección, tanto simbolismo y vocación de futuro. Fundada en 1882 como la nueva capital de la provincia de Buenos Aires, su existencia selló un pacto largamente esperado: el de la Unión Nacional.

A menudo se recuerda a Buenos Aires como la cuna de la libertad en 1810, a Tucumán como la de la Independencia en 1816, y a Santa Fe como la de la Constitución en 1853. En ese mismo esquema fundacional, La Plata representa el cuarto pilar: el de la unificación institucional del país tras décadas de conflictos entre el poder central y las provincias.

La creación de La Plata fue una respuesta política y urbanística a la federalización de la ciudad de Buenos Aires, que pasó a ser la capital del Estado Nacional. Frente a este nuevo orden, la provincia necesitaba una nueva sede, y la respuesta fue una ciudad moderna, proyectada desde cero: la primera planificada de toda América Latina antes de ser habitada.

Ese gesto no fue menor. La Plata nació como símbolo de organización, progreso y consenso. Su traza, sus diagonales y su equilibrio entre naturaleza y arquitectura aún son motivo de estudio a nivel mundial. Por eso, además de su importancia histórica e institucional, la ciudad ha sido reconocida como patrimonio cultural y urbanístico de la Nación.
Hoy, a más de 140 años de su fundación, La Plata sigue siendo un espejo donde la Argentina puede mirar una parte fundamental de su historia: la que eligió, por una vez, la paz, el diálogo y la construcción en común.