Cuando se apagan las luces y se abre el telón, el público aplaude a los actores. Pero detrás de cada función hay un equipo invisible que hace posible la magia. En La Plata, el teatro independiente tiene un corazón técnico que late fuerte.
Vestuaristas, iluminadores, sonidistas, escenógrafos, asistentes de sala: todos construyen la experiencia escénica desde el anonimato.

En salas como La Lechuza, El Núcleo o el Viejo Almacén El Obrero, sus nombres no siempre figuran en los afiches, pero su trabajo es esencial.
Mariana, técnica de luces en una cooperativa teatral, dice: «Si no sentís que formás parte del espectáculo, no podés hacerlo bien». Su tarea comienza mucho antes de que lleguen los actores y termina cuando el último espectador se va.

Este universo técnico tiene también una dimensión formativa. Muchos se forman en la Facultad de Bellas Artes o en talleres específicos. La vocación se mezcla con la artesanía, con la prueba y el error, con el amor por lo que sucede detrás del telón.

Conocer a estos protagonistas ocultos es valorar el teatro como proceso colectivo. Donde cada detalle cuenta y donde, incluso en el silencio, hay alguien haciendo que todo brille.